Suite número 3. Bach

Hubo un tiempo en Europa, en el que la música era una forma de oración. No en vano, el protagonista de este artículo diría hacia 1714, que “el único propósito y razón final de toda música debería ser la gloria de Dios y el alivio del espíritu”. En el siglo XVII alemán, la iglesia luterana, el gobierno local y la aristocracia daban una significativa aportación para la formación de músicos profesionales, particularmente en los electrorados orientales de Turingia y Sajonia.

Eran los grandes tiempos, la época dorada de un instrumento religioso por excelencia: el órgano, sólo interpretable en aquellos templos fabulosos, en aquellas iglesias y catedrales en las que los órganos eran capaces de generar esa atmósfera de recogimiento. Maravillosas arquitecturas de tubos y sonidos que se alzaban imponentes hacia el cielo a mayor gloria de Dios y rivalizando en belleza con los mismos continentes o catedrales donde se erigían.

Dos desgracias propiciaron el acercamiento de nuestro protagonista a ese religioso y transcendental instrumento. Uno fue la muerte de su madre cuando contaba nueve años. El otro, la seguida muerte de su padre tan sólo un año después. Ante la trágica desaparición en edades tan tempranas, el pequeño Johann Sebastian Bach (1685-1750) se fue a vivir con un hermano dieciséis años mayor, Johann Christoph Bach, discípulo del gran Johann Pachelbel, y quien ostentaba la titularidad de organista en Ohrdruf.

De esta forma, impulsado por un motivo tan trágico como la muerte de sus padres, Bach se adentró en la música de la mano de su hermano mayor, aprendiendo de él teoría musical, composición, así como la interpretación en el órgano y el clavicordio.

De cualquier forma, el pequeño Johann Sebastian Bach ya estaba predestinado a ser un grande de la música desde el momento en el que vino a este mundo en el seno de una de las más extraordinarias familias musicales de todos los tiempos. Así, durante más de 200 años, la familia Bach produjo docenas de buenos ejecutantes y compositores. Buena prueba de ello es el hecho de que durante seis generaciones dio 50 músicos de importancia.

Documentos de la época indican que, en algunos círculos, el apellido Bach fue usado como sinónimo de «músico». Bach era consciente de los logros musicales de su familia y hacia 1735 esbozó una genealogía, Ursprung der musicalisch-Bachischen Familie, buscando la historia de las generaciones de los exitosos músicos de su familia.

Johann Sebastian Bach es uno de los grandes compositores de la música clásica, un auténtico Miguel Ángel de la composición musical. O quizás, sería más válida y justa la comparación con Leonardo da Vinci, porque al igual que el italiano destacó de forma sobrenatural como artista, científico, ingeniero, arquitecto, escultor, músico, poeta, filósofo, … Bach cultivó todas las formas musicales existentes en el periodo que le tocó vivir, el barroco musical, con una única excepción: la ópera. Sin embargo, a diferencia del florentino, las 1.080 obras de Bach bien categorizadas por temática en el catálogo BWV, fueron olvidadas hasta el siglo XIX, momento en que fueron rescatadas para pasar a ocupar un lugar destacado en la historia de la música por su profundidad intelectual, perfección técnica y belleza.

Entre 1725 y 1739, Bach compondría un conjunto de cuatro óperas sinfónicas u oberturas, también llamadas suites. Entre ellas, la Suite número 3 en re mayor. La plantilla instrumental está formada por cuerdas, clave, dos oboes, tres trompetas y timbales. El clavecinista es el líder de la orquesta y normalmente los otros instrumentistas se agrupan a su alrededor. El segundo movimiento de la Suite número 3 en re mayor es un Aria. Como su análoga lírica, el Aria de una suite es siempre melodiosa. Ésta contiene algunos de los más bellos compases que escribiera Bach.

En la versión original del Aria, los primeros violines hacen sonar una dulce melodía. Su tercer compás comienza con un largo Sol. Su movimiento se balancea suavemente arriba y abajo. El interés por la melodía se acrecienta a través de la repetición de una figura descendente de dos notas que a su vez va subiendo de intensidad.

El éxito musical del Aria reside tanto en la melodía como en sus otros componentes. Las líneas melódicas del violín y la viola se entretejen eficazmente con la melodía principal. El movimiento de una tiende a ser la respuesta al movimiento de la otra. Cuando la melodía sostiene un tono largo, otra de las partes tiene figuras que se van moviendo. El violonchelo y el contrabajo delinean los acordes en sencillas corcheas. La melodía suena como si muy suavemente se estuviera despertando, primero estirándose hacia abajo en la escala, y luego desperezándose hacia su comienzo. En vez de repetir en idéntico tono, Bach hace cada repetición una octava más baja o más alta, una técnica muy simple que proporciona indudable encanto a la pieza.

De hecho, la obra entera es simple, maravillosamente simple. Bach crea un estado de ánimo sereno y aún así incluye la tensión necesaria para atraer el interés del que escucha. Esta pieza ilustra la manera en la que un gran compositor emplea los patrones usuales de cuerdas y notas y les agrega la justa proporción de variedad e imaginación.

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~ por Álvaro Ojeda en 7 marzo 2010.

Una respuesta to “Suite número 3. Bach”

  1. Agradecida por este texto que leo en medio de las lágrimas que siempre me produce esta pieza…

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