Tercera sinfonía. Brahms

La Sinfonía número 3 en Fa mayor Opus 90 de Johaness Brahms fue compuesta en el verano de 1883 en Wiesbaden, cerca de seis años después de haber terminado su segunda sinfonía. En el interín, Brahms había compuesto algunas de sus mejores obras maestras, en las que se incluyen el concierto para violín, las dos oberturas y el concierto para piano número 2.

Está basada probablemente en esbozos de años anteriores. Uno de sus motivos principales está basado en la transposición musical de las iniciales de una frase muy suya: “Frei aber froh” (libre pero feliz, FAF, es decir: Fa-La-Fa, aunque realmente la segunda nota es La bemol), fue estrenada el 2 de diciembre de 1883 por la Orquesta Filarmónica de Viena y bajo la dirección de Hans Richter que la consideró como la Eroica de Brahms (aludiendo a la tercera sinfonía de Beethoven).

De forma tan conmovedora presenta Robert Schumann a Brahms: «Siempre he sabido que un día aparecería un artista que estará llamado a ser la encarnación ideal del genio de su tiempo y cuyo arte no resultaría de un desarrollo gradual, sino que se manifestaría de golpe en toda su perfección, a semejanza de Minerva surgiendo completamente armada de la cabeza de Cronos. Pues bien, ya ha llegado, una sangre joven junto a cuya cuna montan guardia las Gracias y los Héroes. Se llama Johannes Brahms, vino de Hamburgo, donde realizó una obra creadora, ignorada de todos, en una profunda soledad. Todo en él, incluso su físico, anunciaba a un elegido El día en que dirija con su varita mágica las masas corales y orquestales que le comunicarán su poder, los misterios del mundo invisible nos serán desvelados en maravillosas visiones…». 

Lo que aquí podemos ahora escuchar es el tercer movimiento Poco Allegretto, una caudal rebosante del romanticismo del que Brahms fue un claro exponente. 

 

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~ por Álvaro Ojeda en 4 enero 2009.

Una respuesta to “Tercera sinfonía. Brahms”

  1. Lo primero que me vino a la cabeza cuando escuché esta sinfonía fue: Beethoven. ¡Sublime equivocación! No me extraña la presentación que de Brahms hacía el-por otro lado, grande y único-Robert Schumann.

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