La isla de los muertos. Rachmaninov

Hoy he visitado el cementerio. He visitado a mis padres. Entre grandes copos de nieve avancé por entre las tumbas hasta alcanzar el patio del Santo Entierro. Miré al cielo y por unos momentos, apartando de mi rostro el paraguas, dejé que aquellos grandes copos de nieve impactaran en mi cara. Parecían salir de un infinito blanco.  Miles, cientos de miles, millones de copos de nieve. Sin interrupción, sin pausa, reposando sobre las lápidas en una fría mañana. Allí encontré paz y serenidad. Muchas veces, lo triste es bello y no hay necesidad de huir de ello. Muchas veces, la tristeza, la amargura engendra belleza, inspira.

La isla de los muertos es una conocida serie de cuadros del pintor suizo Arnold Böcklin, quien creó múltiples versiones del mismo cuadro, en el que se representa un remero y una figura blanca sobre una pequeña barca, cruzando una amplia extensión de agua en dirección a una isla rocosa. El objeto que acompaña a las figuras en la barca se identifica generalmente como un ataúd, y la figura blanca con Caronte, el barquero que en la mitología griega conducía a las almas al Hades. Böcklin nunca explicó el significado de su pintura, y de hecho el título de la obra no se debe a él sino al tratante de arte Fritz Gurlitt, quien la bautizó así en 1883.

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La obra ha atraído la atención de muy diversas personalidades. Adolf Hitler, en particular, estaba obsesionado con el cuadro, una de cuyas versiones llegó a poseer. Freud, Lenin o Clemenceau, entre otros, tenían una reproducción en su oficina. No sólo ellos se apasionaron con la obra de Böcklin. El compositor ruso Sergei Rachmaninov (1873-1943) compuso un poema sinfónico en 1908 tras haber visto el cuadro en París en 1907.

En La isla de los muertos, opus 29, compuesta por Rachmaninov, la música comienza suavemente, con un movimiento de vaivén que sugiere el rumor de las olas mientras Caronte rema por el río Estigia. A lo largo de esta obra, Rachmaninov utiliza una figura recurrente en un compás de 5/8 para imitar el movimiento del agua y del remo de Caronte. Al comienzo de la obra, el tema principal se repite en un prolongado crescendo; en la sección central, la orquesta explora distintas variaciones del tema, hasta llegar a un momento de silencio tras el cual, al igual que sucede en varias de sus obras, Rachmaninov introduce el motivo de la música del Dies irae como referencia a la muerte. Al mismo tiempo, el vaivén de la música también sugiere el sonido de una respiración, indicando de esa manera que la vida y la muerte se entrelazan.

He escuchado decenas de veces esta obra y por mucho que la oiga, jamás me deja indiferente. La capacidad de Rachmaninov para recrear un ambiente absolutamente tétrico es espectacular. Entre las notas se respira, se siente de forma inconfundible la muerte, lo oscuro, lo tenebroso … Pero aun así, es bello, tremendamente bello. Sumerjámonos en las aguas del río Estigia y dejémonos acunar por ese vaivén, por esas olas del compás de 5/8.

~ por Álvaro Ojeda en 1 febrero 2009.

5 comentarios to “La isla de los muertos. Rachmaninov”

  1. Sin duda Arnold Boclkin habria quedado tan facinado como Rachmaninov después de escuchar lo que su obra inspiro en el.

  2. Que belo!

    Suavidade completa na tristeza!

  3. Cómo te lo agradezco. Gracias por esta melodía. IMPRESIONANTE. Seguiré tu blog.

  4. Amo por completo esta obra! Espléndido artículo … mis felicitaciones por este blog.

  5. El apartamento era el de un ciego (noveno B), decía yo en mi entorno para aparentar entereza tras mi divorcio…
    Las paredes blancas con reproducciones de cuadros de la habitación de Van Gogh o fotos de Miguel Hernández arengando (en una portada de disco dr Serrat).
    Cayó en mis manos “La isla de los muertos” y, tanto el cuadro de Böcklin como la música de Rachmaninoff, me acompañaron en mis horas también, entonces, blancas de compañía. No había tristeza lúgubre ni amargura alguna: una dulce paz me invadía cuando al filo del crepúsculo, mirando desde una mínima sstterrazuca, entraba en dulce trance, durmiendo, al fin, perdido entre murmullos de olas y el calor último del verano sobre los campos de Mó

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