El Mesías. Händel

•1 mayo 2010 • 1 comentario

Hubo un tiempo en el que las obras de los compositores eran escritas pensando en agradar a los nobles y mecenas. Y hubo un compositor que por primera vez dejó de pensar en ellos cuando compuso.

Dejó de pensar en ellos y empezó a pensar en satisfacer los gustos y necesidades del público general. De personas como tú y como yo. Ese compositor nació en Alemania en 1685 y falleció en Londres, nacionalizado inglés, en 1759. Su nombre: Georg Friedrich Händel (1685-1759).

En tan sólo 23 largos días en los que la comida y las horas de sueño fueron muy escasas, Händel compuso un oratorio llamado El Mesías. Cuando terminó el coro del Aleluya, dijo a su asistente:  “Creo que he visto el cielo delante de mí, y también a Dios”. El estreno de este oratorio, que se llevó acabo el 13 de abril de 1742 en Dublín, estuvo dedicado a obras de caridad y tuvo un éxito rotundo.

Aunque Händel era profundamente religioso, su decisión de escribir El Mesías y concentrarse en los oratorios no tiene mucho que ver con su religiosidad y sí con el hecho de que la ópera ya no estaba de moda. Sin embargo, veía al oratorio como una forma de ópera que captaba el espíritu de la época, con historias musicalizadas de las Sagradas Escrituras, interpretadas por cantantes, coros y orquesta, y con otra ventaja muy práctica: podía representarse durante la Cuaresma, época en que los demás teatros se veían obligados cerrar.

Diecisiete años después del estreno de la obra, en 1759 y durante una de sus múltiples representaciones, Händel se desmayó y nunca se recobró. Ninguno de sus dos últimos deseos fueron cumplidos. Deseó morir un Viernes Santo y a punto estuvo de cumplirse, pues falleció el 14 de abril de 1759, Sábado Santo. Deseó ser enterrado de forma privada y fue sepultado en la Abadía de Westminster, acompañado de más de tres mil seguidores de su ya eterna obra.

Su inmenso legado musical, síntesis de los estilos alemán, italiano, francés e inglés de la primera mitad del siglo XVIII, incluye obras en prácticamente todos los géneros de su época, donde 43 óperas, 26 oratorios y un legado coral son lo más sobresaliente e importante de su producción musical.

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Tosca. Puccini

•7 marzo 2010 • 4 comentarios

Una preciosa estatua de un ángel corona el Castillo de Sant’Angelo. Allí está desde el año 590, año en el que una gran epidemia de peste invadió la ciudad de Roma. El papa de la época, Gregorio I, vio al Arcángel San Miguel, sobre la cima del castillo que envainaba su espada significando el fin de la epidemia. Para conmemorar la aparición, una estatua, primero una de mármol de Raffaello da Montelupo, y, desde 1753, una de bronce de Pierre van Verschaffelt sobre un dibujo de Bernini, fue situada en lo alto del edificio iniciado en el 135 por el emperador Adriano para ser su mausoleo personal y familiar.

Desde 1277, el Castillo de Sant’Angelo está conectado con la Ciudad del Vaticano por un corredor fortificado, llamado Passetto di Borgo, de unos 800 metros de longitud. El Papa Alejandro VI lo tuvo que cruzar cuando Carlos VIII de Francia invadió la ciudad, con treinta mil hombres en agosto de 1494, y la vida del pontífice estaba en peligro. Y actuando de la misma forma, también el Papa Clemente VII, enfrentado a Carlos I de España, al que traicionó, escapó hacia la seguridad del Castillo de Sant’Angelo a través de este pasaje cuando las tropas del monarca saquearon Roma el 5 de mayo de 1527 (Saco de Roma) y masacraron a la Guardia Suiza Pontificia.

Más de doscientos años después y recreando la invasión por parte de Napoleón del norte de Italia a finales del siglo XVIII, el Castillo de Sant’Angelo sería la prisión de otro célebre personaje, esta vez de ficción, llamado Mario Cavaradossi y uno de los protagonistas de la ópera Tosca, compuesta por Giacomo Puccini (1858-1924), con libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, y estrenada el 14 de enero de 1900 en el teatro Costanzi de Roma.

Un melancólico y desolado sólo de clarinete introduce en la tonalidad de si menor una de las arias más bellas jamás escritas. Una de las páginas más maravillosas del lirismo italiano. Suena el clarinete mientras amanece y se escuchan las campanadas de las iglesias de Roma y el canto de un pastor. Un soldado trae a Cavaradossi, el carcelero mira los papeles buscando el nombre del reo y le anuncia que sólo le queda una hora de vida. A cambio de un anillo obtiene permiso para escribir unas líneas a su amada.

Es entonces cuando tiene lugar la interpretación del aria “E lucevan le stelle” …

E lucevan le stelle…

Ed olezzava la terra…

Stridea l’uscio dell’orto…

E un passo sfiorava la rena…

Entrava ella, fragrante,

Mi cadea fra le braccia…

Oh! dolci baci, o languide carezze,

Mentr’io fremente

Le belle forme disciogliea dai veli!

Svanì per sempre il sogno mio d’amore…

L’ora è fuggita…

E muoio disperato!

E muoio disperato!

E non ho amato mai tanto la vita!…

Tanto la vita!…

Y brillaban las estrellas,

Y olía la tierra,

Chirriaba la puerta del huerto,

Y unos pasos rozaban la arena…

Entraba ella, fragante,

Caía entre mis brazos…

¡Oh, dulces besos! ¡Oh, lánguidas caricias,

Mientras yo, tembloroso,

Sus bellas formas desataba de los velos!

Desvaneció para siempre mi sueño de amor…

La hora ha pasado…

¡Y muero desesperado!

¡Y muero desesperado!

¡Y jamás he amado tanto la vida!

¡Tanto la vida!

En escena entra Tosca, amante de Cavaradossi, y se precipita hacia éste, pidiéndolo que actúe con naturalidad cuando simulen su fusilamiento, simulación obtenida por Tosca a cambio de los placeres carnales exigidos por Scarpia, jefe de la policia que mantenía preso a Cavaradossi.

El pelotón se alista, dispara contra el reo, y Mario cae. Al retirarse los soldados, Tosca se acerca a su amante y lo llama para que escapen, pero Mario yace muerto, ya que Scarpia nunca dio la orden de simular su fusilamiento.

Comienzan a escucharse voces que se acercan en búsqueda de Tosca ya que ha sido encontrado el cuerpo de Scarpia asesinado por Tosca antes de que éste pudiera culminar su deseo sexual sobre Tosca. Finalmente, Tosca es detenida y, desesperada, sube rápidamente a la muralla del castillo, desde donde se lanza al vacío.

La interpretación en el vídeo corresponde a un sensacional, como no podía ser de otra forma, Plácido Domingo en el papel del pintor anarquista Mario Cavaradossi. La escena nos permite contemplar la realidad del Castillo de Sant’Angelo y observar en la distancia, a esos 800 metros, la magnífica cúpula de la Basílica de San Pedro en la Ciudad del Vaticano.

Suite número 3. Bach

•7 marzo 2010 • 1 comentario

Hubo un tiempo en Europa, en el que la música era una forma de oración. No en vano, el protagonista de este artículo diría hacia 1714, que “el único propósito y razón final de toda música debería ser la gloria de Dios y el alivio del espíritu”. En el siglo XVII alemán, la iglesia luterana, el gobierno local y la aristocracia daban una significativa aportación para la formación de músicos profesionales, particularmente en los electrorados orientales de Turingia y Sajonia.

Eran los grandes tiempos, la época dorada de un instrumento religioso por excelencia: el órgano, sólo interpretable en aquellos templos fabulosos, en aquellas iglesias y catedrales en las que los órganos eran capaces de generar esa atmósfera de recogimiento. Maravillosas arquitecturas de tubos y sonidos que se alzaban imponentes hacia el cielo a mayor gloria de Dios y rivalizando en belleza con los mismos continentes o catedrales donde se erigían.

Dos desgracias propiciaron el acercamiento de nuestro protagonista a ese religioso y transcendental instrumento. Uno fue la muerte de su madre cuando contaba nueve años. El otro, la seguida muerte de su padre tan sólo un año después. Ante la trágica desaparición en edades tan tempranas, el pequeño Johann Sebastian Bach (1685-1750) se fue a vivir con un hermano dieciséis años mayor, Johann Christoph Bach, discípulo del gran Johann Pachelbel, y quien ostentaba la titularidad de organista en Ohrdruf.

De esta forma, impulsado por un motivo tan trágico como la muerte de sus padres, Bach se adentró en la música de la mano de su hermano mayor, aprendiendo de él teoría musical, composición, así como la interpretación en el órgano y el clavicordio.

De cualquier forma, el pequeño Johann Sebastian Bach ya estaba predestinado a ser un grande de la música desde el momento en el que vino a este mundo en el seno de una de las más extraordinarias familias musicales de todos los tiempos. Así, durante más de 200 años, la familia Bach produjo docenas de buenos ejecutantes y compositores. Buena prueba de ello es el hecho de que durante seis generaciones dio 50 músicos de importancia.

Documentos de la época indican que, en algunos círculos, el apellido Bach fue usado como sinónimo de «músico». Bach era consciente de los logros musicales de su familia y hacia 1735 esbozó una genealogía, Ursprung der musicalisch-Bachischen Familie, buscando la historia de las generaciones de los exitosos músicos de su familia.

Johann Sebastian Bach es uno de los grandes compositores de la música clásica, un auténtico Miguel Ángel de la composición musical. O quizás, sería más válida y justa la comparación con Leonardo da Vinci, porque al igual que el italiano destacó de forma sobrenatural como artista, científico, ingeniero, arquitecto, escultor, músico, poeta, filósofo, … Bach cultivó todas las formas musicales existentes en el periodo que le tocó vivir, el barroco musical, con una única excepción: la ópera. Sin embargo, a diferencia del florentino, las 1.080 obras de Bach bien categorizadas por temática en el catálogo BWV, fueron olvidadas hasta el siglo XIX, momento en que fueron rescatadas para pasar a ocupar un lugar destacado en la historia de la música por su profundidad intelectual, perfección técnica y belleza.

Entre 1725 y 1739, Bach compondría un conjunto de cuatro óperas sinfónicas u oberturas, también llamadas suites. Entre ellas, la Suite número 3 en re mayor. La plantilla instrumental está formada por cuerdas, clave, dos oboes, tres trompetas y timbales. El clavecinista es el líder de la orquesta y normalmente los otros instrumentistas se agrupan a su alrededor. El segundo movimiento de la Suite número 3 en re mayor es un Aria. Como su análoga lírica, el Aria de una suite es siempre melodiosa. Ésta contiene algunos de los más bellos compases que escribiera Bach.

En la versión original del Aria, los primeros violines hacen sonar una dulce melodía. Su tercer compás comienza con un largo Sol. Su movimiento se balancea suavemente arriba y abajo. El interés por la melodía se acrecienta a través de la repetición de una figura descendente de dos notas que a su vez va subiendo de intensidad.

El éxito musical del Aria reside tanto en la melodía como en sus otros componentes. Las líneas melódicas del violín y la viola se entretejen eficazmente con la melodía principal. El movimiento de una tiende a ser la respuesta al movimiento de la otra. Cuando la melodía sostiene un tono largo, otra de las partes tiene figuras que se van moviendo. El violonchelo y el contrabajo delinean los acordes en sencillas corcheas. La melodía suena como si muy suavemente se estuviera despertando, primero estirándose hacia abajo en la escala, y luego desperezándose hacia su comienzo. En vez de repetir en idéntico tono, Bach hace cada repetición una octava más baja o más alta, una técnica muy simple que proporciona indudable encanto a la pieza.

De hecho, la obra entera es simple, maravillosamente simple. Bach crea un estado de ánimo sereno y aún así incluye la tensión necesaria para atraer el interés del que escucha. Esta pieza ilustra la manera en la que un gran compositor emplea los patrones usuales de cuerdas y notas y les agrega la justa proporción de variedad e imaginación.

La bella durmiente. Tchaikovsky

•4 marzo 2010 • 4 comentarios

Descansa todas las noches, junto al madrileño Parque del Oeste, un corazón sensible y generoso. Allí reposa cuando nos deja el sol, un cuerpo habitado de sentimientos que son nido de la más grande generosidad. Duerme hasta el amanecer bajo la luz de la luna y en tranquila soledad, un ejemplo de entrega y renuncia, un precioso cuerpo donde se encarna el amor echando raíces profundas. Sí, allí duerme una bella durmiente ….

En el palacio del Rey Florestán XXIV se festeja el bautizo de su hija recién nacida, la princesa Aurora. A la fiesta están invitadas seis hadas y cada una se acerca a la cuna de la recién nacida para entregarle su regalo. De repente, aparece la malvada bruja Carabosse y, furiosa porque no fue invitada a la fiesta, lanza una maldición sobre la niña: “cuando cumpla dieciséis años morirá al pincharse con un huso“. Los reyes y la corte están horrorizados con la maldición de Carabosse y entonces aparece el Hada de las Lilas, quien aún no había entregado su regalo a la niña, y dice: “mi regalo es que esta niña no morirá, caerá en un sueño y será despertada por un beso de amor“.

Sería fácil desear tener cerca al Hada de las Lilas para que también hiciera caer en un profundo sueño a quien duerme todas las noches junto al Parque del Oeste. Para en ese sueño, preservarla. Para mediante ese sueño, alejarla de otras miradas, deseos y sentimientos. Hasta que fuera despertada por un beso de amor suplicado desde el mismo sueño, su sueño.

Estructurado en un prólogo y tres actos, La bella durmiente es un ballet compuesto por Tchaikovsky (1840-1893) y estrenado por el Ballet Mariinsky de San Petersburgo el 16 de enero de 1890. Su éxito fue tan colosal que cuando la gente se cruzaba por la calle durante los siguientes días, en vez de decirse “buenos días”, se preguntaba: “¿ha visto ya La bella durmiente?”.

Sí, yo la he visto.

Ya es de noche cerca del Parque del Oeste. Hacia allí volverá una particular princesa Aurora en busca del sueño, a encontrarse con la luz de la luna. Allí se recogerá para seguir alimentando sueños y sentimientos. Deseos íntimos en su quieta y tranquila paz.

Andante spianato y gran polonesa brillante. Chopin

•1 marzo 2010 • 4 comentarios

Hay un hombre al que le debo mucho. Infinitos momentos de sentimiento, de lágrimas contenidas. Hubiera dado el dinero que no tengo por haberle pagado una lección de piano. Porque así se ganó la vida, enseñando a tocar el piano, aun cuando cautivase en los salones de París por sus íntimas interpretaciones.

Jamás se ganó la vida con su forma de interpretar o sus composiciones. Sin embargo, fue el mejor, el más grande, transformando las blancas y negras teclas del piano en rasgos de sentimientos encarnados y estimulados por las caricias de sus dedos.

Polaco de nacimiento, francés de adopción. Universal por su obra. Eterno en sus creaciones. Infinito en el sentimiento. Inabarcable en sus armonías. Perfecto en la ejecución, entregado en las formas, apasionado hasta la extenuación.

Nació hace hoy 200 años. Y con veinte años compuso el Andante spianato y gran polonesa brillante op. 22. Nació polaco, murió francés, pero polaco. A él también, como al español Ortega, le dolía su patria, su Polonia. Enterrado está en París, pero su corazón reposa en un pilar de una iglesia de Varsovia.

Con devoción le hubiese escuchado sus explicaciones al piano, aunque hubiese sido incapaz de repetir uno sólo de sus gestos, de esos bailes de muñeca que debe respirar sobre las notas. Entre sus manos y sus ojos, distraería a los míos, sin saber dónde encontrar reposo.

Fryderyk Franciszek Chopin

Manon Lescaut. Puccini

•25 febrero 2010 • 1 comentario

Imaginad la escena. Un joven enamorado lucha desesperadamente por conseguir liberar a su amada, por evitar para élla el destierro, la cárcel, una infinita separación.

Ella se llama Manon Lescaut.

Manon Lescaut es el nombre de una protagonista. El nombre de la protagonista de una novela. De una novela escrita por el francés Abate Prévost y llamada “L’historie du chevalier des Grieux et du Manon Lescaut”. Una novela en la que se han basado diversos libretos de varias óperas, operetas y hasta una película .

Con libreto de Ruggiero Leoncavallo, Domenico Oliva, Marco Praga, Giuseppe Giacosa, Luigi Illica, Giacomo Puccini y Giulio Ricordi, Giacomo Puccini (1858-1924) compuso Manon Lescaut. El otro gran compositor que se inspiraría en la obra de Prévost para otra ópera, sería el gran Jules Massenet.

Estrenada el 1 de febrero de 1893 en el Teatro Regio de Turín, la obra fue muy bien aceptada tanto por el público como por los críticos, presentándose ese mismo año en San Petersburgo, Madrid y Hamburgo.

Manon Lescaut es una de las óperas más bellas de Puccini y lo que os traigo aquí, su intermezzo, es una auténtica joya, una delicia, puro sentimiento. Recordad. Imaginad la escena. Un joven enamorado lucha desesperadamente por conseguir liberar a su amada, por evitar para élla el destierro, la cárcel, una infinita separación.

Ella se llama Manon Lescaut.

Manon Lescaut se marchó desterrada a América. Otra Manon muy distinta, pero igual de bella, mañana partirá hacia América. La primera desterrada. La segunda en busca de la gloria. Divergentes en el destino. Convergentes en la belleza.

Buena suerte, mi Manon. Al igual que el joven Des Grieux, me inclino sobre tu cuerpo.

Ella recuerda los tiempos pasados con su amor en París y le pide a Des Grieux que nunca olvide su amor, finalmente ella muere entre los brazos de su amado, que se abandona sobre su cuerpo, desvariando de desesperación y sufrimiento.” Muere, mi joven Manon, para nacer de nuevo a una nueva vida cuando regreses, en la que yo permaneceré a tu lado por siempre.

Acto I. Una plaza en Amiens

Alrededor de la entrada de una posada, soldadesca y estudiantes, entre los que están Edmondo y Renato Des Grieux, pasan la tarde en inocente flirteo con las mujeres presentes. En un carruaje llega Manon Lescaut, obligada por su padre a internarse en un convento, al que es conducida por su hermano, el sargento Lescaut.

Coincide en el viaje el tesorero general del Rey, Geronte di Ravoir, viejo y rico. Des Grieux se enamora a primera vista de Manon, se rebela contra los planes de la familia de Manon y la convence para reunirse más tarde. Lescaut traba amistad con Geronte y acuerdan cenar más tarde. Mientras Lescaut se distrae en juegos de azar, el viejo Geronte decide raptar a Manon y soborna al posadero para que le facilite su escapada en una hora. Edmondo escucha casualmente de los planes de Geronte y avisa a Des Grieux, quien convence a Manon de que huyan juntos inmediatamente. Geronte ve súbitamente frustrados sus planes, mientras Lescaut lo consuela: conoce demasiado bien el carácter frívolo de Manon y muy fácilmente puede abandonar a un estudiante por una vida lujosa.

Acto II. Salón en el palacio de Geronte, en París

Manon se ha convertido en la amante de Geronte. Ella disfruta de las atenciones de su peluquero en su lujosa habitación en el palacio del tesorero general, pero a pesar de los lujos, se aburre y tiene nostalgia de su apasionada convivencia en un modesto desván con Des Grieux. Lescaut, que ha logrado mantener amistad con Des Grieux y disfrutar de la protección de Geronte, explica a Manon que Des Grieux sigue desesperado por haber sido abandonado por ella e ignora aún su paradero, ha iniciado una arriesgada vida como buscador de fortuna con el único objetivo de conseguir la riqueza que le permita darle la vida de lujo que ella necesita. Entra un un grupo de músicos a interpretar uno de los numerosos madrigales que Geronte compone para ella, acto seguido entran unos músicos y el maestro de danza, ante lo que Manon le confiesa secretamente a su hermano el hastío que siente por todo ello. Lescaut preocupado, sale en búsqueda de Des Grieux.

Geronte aparece, rodeado de una corte de amigos que adulan a Manon, mientras un maestro de baile le enseña a bailar el minueto. Manon propone a todos salir a pasear fuera del palacio. Geronte y sus amigos se adelantan, mientras Manon se observa al espejo, segura de su belleza. Aparece Des Grieux, informado por Lescaut de la nueva vida de su amada, reprochándole que le haya abandonado por una vida lujosa. Ella, arrepentida, cae en sus brazos, encontrando resistencia por parte de Des Grieux, pero haciendo uso de sus encantos logra vencer su resistencia y se abrazan en un beso apasionado. Geronte les sorprende y a su vez le reprocha a Manon tal infidelidad tras haber recibido tantas atenciones de su parte. Ella contesta cruelmente diciendo que su apariencia de anciano difícilmente podría inspirar amor, comparada a su joven belleza y la de Des Grieux, Geronte cede y se retira, jurando regresar pronto. Manon, feliz de que Geronte se ha ido, se entristece cuando Des Grieux le dice que tienen que huir inmediatamente del palacio. Entra Lescaut con graves noticias: Geronte la ha denunciado como cortesana y viene con la guardia a arrestarla, empiezan a huir, pero ella se entretiene intentando llevarse sus joyas. Aparece la guardia y arresta a Manon por prostituta y ladrona.

He aquí el intermezzo que ilustra la desesperación de Des Grieux, quien ha rogado y suplicado ante cuanta gente pudo para liberar a Manon, sin éxito alguno.

Acto III. Una plaza en el puerto de Le Havre

Des Grieux y Lescaut esperan frente a la cárcel donde Manon espera su traslado a bordo de un barco para ser deportada a América, junto a unas prostitutas. Lescaut ha sobornado a unos hombres de la guardia para que Des Grieux pueda hablar con Manon y facilitar su huida. El intento de fuga fracasa y las prostitutas, con Manon, son forzadas a subir al barco. Un enloquecido Des Grieux intenta impedir que Manon suba al barco, pero se detiene y ruega al comandante del barco para que le deje subir con ella. El comandante, conmovido, deja pasar a Des Grieux quien puede volver a abrazar a Manon.

Acto IV. Un desierto, cerca de Nueva Orleans

En Louisiana, la pareja huye hacia las colonias inglesas para ser libres, pero se han perdido en un área desolada y sin agua. Des Grieux se separa de Manon para ir a buscar agua, Manon se desespera al encontrarse sola y maldice su belleza por haberle causado tanto sufrimiento, al volver Des Grieux se la encuentra agonizando. Ella recuerda los tiempos pasados con su amor en París y le pide a Des Grieux que nunca olvide su amor, finalmente ella muere entre los brazos de su amado, que se abandona sobre su cuerpo, desvariando de desesperación y sufrimiento.

Vals del minuto. Chopin

•21 febrero 2010 • 1 comentario

Escrito en la tonalidad de re bemol mayor por Federico Chopin (1810-1849), el Vals opus 64 número 1, conocido como el Vals del minuto, también recibe el nombre del Vals del perro. Sí, el vals del perro porque según comentó Herbert Weinstock: “No es necesario decir que esta notable efusión de encanto puro no debe interpretarse en un minuto; ni tampoco que la melodía de la mano derecha no debe tocarse a imitación de un perro que persigue su propio rabo, aunque sea cierto que Chopin lo improvisara al indicarle George Sand la gracia rítmica de un perrillo jugueteando para morderse el rabo.

La pieza fue compuesta y publicada en 1847 como el primer vals de su opus 64 Trois Valses. A pesar de ser llamado Vals del minuto, su interpretación dura entre un minuto y medio y dos minutos y medio. Fue un error de traducción de la palabra “minute“, que quiere decir “diminuto”, en francés. Disfrutemos con la fabulosa interpretación de Daniel Barenboim en la que, por cierto, emplea un minuto y cuarenta y ocho segundos.