Sinfonía número 7. Mahler

•21 Noviembre 2009 • 2 comentarios

Ivan Sollertinski emparentaba el sinfonismo de Tchaikovsky y Mahler, ambos atormentados y sin miedo a atormentar, ambos planteando los malditos interrogantes de su siglo en sus sinfonías. En las raíces de ese tormento comentado por Sollertinski, a menudo se encuentran las dudas. Las dudas sobre el resultado del trabajo, sobre la excelencia de las composiciones. Estas dudas son otras constantes en la vida de muchos compositores. Sufridores, sufrientes y dudosos de la calidad de sus trabajos. Tremendamente exigentes, obsesionados con la perfección, perdidos entre las dudas encontradas en el recorrido de ese camino hacia una perfección que en sí misma, es fuente de sufrimiento.

Durante el verano de 1905, Gustav Mahler (1860-1911) concluyó la composición de su Séptima Sinfonía, llamada Canción de la Noche y comenzada el verano anterior, en su retiro de Maiernigg. Al finalizarla, comenzaron las primeras dudas. Dudas relacionadas con la coherencia de la obra. Dudas, en particular, sobre su orquestación.

Sin abandonar sus dudas, en el verano de 1908, tres años después de haber concluido su escritura, Mahler preparó su estreno en Praga y durante los ensayos realizó importantes cambios en la orquestación, motivados, sin duda, por la experiencia adquirida en la creación de la octava sinfonía que ya estaba terminada por aquellas fechas.

Finalmente, el estreno de la Séptima sinfonía, tuvo lugar en Praga, el 19 de septiembre de 1908, con Mahler dirigiendo. El público respondió con la indiferencia, lo que se tradujo, inevitablemente, en nuevas dudas, pese al aplauso y reconocimiento de Bruno Walter, Otto Klemperer y Alban Berg, allí presentes.

Entre el estreno y las subsecuentes ejecuciones de la Séptima sinfonía en Munich y Amsterdam, el compositor realizó nuevas correcciones, de nuevo con la intención de alcanzar esa perfección en la obra que no acabada de sentir.

A la noche, como símbolo, se le ha dado el mismo sentido que a la muerte, la oscuridad, lo negro. Pero también tiene sentido de estado previo, de preparación, de simiente que antecede lo que aún no es día. Y, desde antes de Freud, se la relaciona con el inconsciente, lo oculto. La Séptima de Mahler viaja de la noche hacia el día, de la niebla a la luz, con sobresaltos, intermitencias y paradojas, de las cuartas verticales, las disonancias bruscas y lo irregular a lo reglamentario, a una luz que para ser futuro es más antigua que la noche romántica, a una risa excéntrica, o lúcida, risa al fin y al cabo.

Dudas sobre la orquestación. Sin embargo, intuyo que siempre, desde un primer momento, tuvo claro que la tuba debería estar presente en los primeros compases. No olvidemos de que se trata de … La Canción de la Noche … Escuchémosla …

Sinfonía número 5. Tchaikovsky

•20 Noviembre 2009 • Dejar un comentario

Lastimo, luego existo.

Tremenda, rotunda frase extraída de un diario del compositor ruso. Porque sufro existo y porque existo, sufro. No es difícil encontrar este sentimiento entre los grandes compositores. Y así, en muchos de ellos, el sufrimiento es una tónica dominante. Una constante que asfixia la existencia pero que, lejos de conducir a la agonía, engendra la composición. Grandes almas que fueron capaces de transformar el más radical y absoluto sentimiento de sufrimiento en bellísimas obras capaces de conmover los espíritus y las almas de sus semejantes.

En 1988, Tchaikovsky comienza a escribir su Sinfonía número 5 en Mi Menor, Op. 64. Sobre ella, escribiría el compositor: “Introducción: sumisión total ante el destino o, lo que es igual, ante la predestinación inelectable de la providencia. Allegro I. Murmullos, dudas, reproches a XXX. II. ¿No valdría más entregarse por completo a la fe? El programa es excelente si consigo llegar a realizarlo.”

Sumisión total ante el destino. Genuflexión ante ese guión vital escrito por no se sabe quién y en el cual, nuestras vidas se desarrollan. Destino como camino y sendero ya trazado y definido, donde los árboles se disponen de forma caprichosa y las colinas se suceden sin un aparente motivo.

El programa es excelente si consigo llegar a realizarlo.

No obstante, más tarde, el propio Tchaikovsky, el siempre inseguro Tchaikovsky, en carta dirigida a Nadezhka von Meck, escribiría: “La sinfonía es demasiado colorida, demasiado pesada, insincera, deslucida, en general desagradable. Con la excepción de Taneyev quien insiste que la Quinta es mi mejor composición, todos mis amigos honestos y sinceros piensan pobremente de ella. ¿Podríamos decir entonces que estoy acabado? ¿Ha comenzado el principio de fin?

Para muchos, ese principio del fin comenzó no con la composición de la quinta sinfonía, sino con la escritura de la cuarta, con la que inaugura un ciclo de tres sinfonías (cuarta, quinta y sexta), fuertemente centradas en el concepto de destino. Extremadamente dramáticas en muchos de sus pasajes, hasta concluir de forma absoluta con la sexta, su sinfonía patética, que no patética sinfonía.

La obra fue estrenada en la Sociedad Filarmónica de San Petersburgo, el seis de noviembre de 1988, junto al Concierto número 2 para piano y orquesta, y bajo la dirección del propio compositor. Un seis de noviembre, ese número fatídico para Piotr, quien fallecería el seis de noviembre de 1893, cinco años después de estrenar su quinta sinfonía.

Sinfonía número 6. Tchaikovsky

•19 Octubre 2009 • 4 comentarios

Quizás los dos compositores de música sinfónica que más me llenan y emocionan son Tchaikovsky y Mahler. Ambos compusieron una “sexta sinfonía“. Ambas sextas sinfonías son estremecedoras, a juzgar, entre otras cosas, por sus sobrenombres. La de Mahler es la Trágica. La de Tchaikovsky, la Patética. Su sexta y última sinfonía, escrita poco antes de morir, estrenada y dirigida por él mismo el 28 de octubre de 1893, tan sólo pocos días antes de su muerte, el 6 de noviembre de 1893.

gaia19904_02Sobre ella, sobre la Patética, Tchaikovsky (1840-1893) escribiría: “La quiero como no he querido nunca a ninguna de mis partituras… No exagero, toda mi alma está en esta sinfonía”. Acerca de la Trágica, Mahler diría: “es lo que sale de lo más profundo de mi alma, la más personal de todas aquellas que brotaron directamente de mi corazón”.

Su alma en la sinfonía. Lo que sale de lo más profundo de su alma.

La Patética fue la antesala de la muerte de Tchaikovsky, escrita en aquellos días en los que decidió voluntariamente dejar este mundo a los 53 años. Para Mahler, la Trágica fue seguida de la muerte de su hija María con cuatro años de edad.

Patéticamente trágicasTrágicamente patéticas.

28 de octubre de 1893, día del estreno. El público reacciona con indiferencia a la obra. 6 de noviembre, nueve días después, Piotr se marchó por imposición de este mundo. Patéticamente. Su cadaver, a pesar de morir de colera, fue expuesto publicamente y acudieron a darle el ultimo adiós miles de personas que besaban sus manos, su frente, y ninguno se contagió…. Quizás porque nunca existió ese cólera.

Aunque Tchaikovsky quiso que su obra, la Patética, la oyese todo el mundo, deseó reservar para él solo su significado: «Es un enigma; traten los demás de descifrarlo». Su hermano Modesto, que dio el nombre a la sinfonía, aun después de haberla llamado Trágica, creyó haber adivinado, en parte, su melancólico secreto.

Más de un siglo después de la muerte del compositor, muchas de sus creaciones siguen programándose en auditorios de todo el mundo. ¿La razón? Leonard Bernstein lo expresó sin dudas: «No creo que haya habido un creador de melodías tan inspirado y genial como Tchaikovsky».

Ah, se me olvidaba un detalle importante. Originalmente, la obra estaba estructurada en tres movimientos. Pero finalmente, Tchaikovsky decidió añadir un cuarto movimiento, adagio lamentoso. Fueron sus últimos compases, sus ultimas notas escritas en la tonalidad de si menor. Su testamento. Su despedida. Un adiós sin aquellos platillos y bombos que fueron broches alegres, festivos y dorados en otras sinfonías. Su ausencia, desconcertó al público. No era lo que esperaban. Su muerte, nueve días después, tampoco era lo que ellos esperaban, lo que nosotros esperábamos. Así se fue. Genial hasta en su despedida.

Me imagino el cuerpo encorvado de Piotr dejando la batuta sobre el atril. Me lo imagino y me entran unas ganas terribles de llorar. Pero no voy a llorar, no, Piotr. En vez de llorar, volveré a escucharte de nuevo.

Me volveré a encontrar contigo sobre esas cinco líneas,

lienzo y cuna de emociones y sufrimientos sentidos.

Me acurrucaré cerca de la clave de sol

para así mejor sentir los sonidos.

Caminaré despacio cogido de tu mano, sobre los compases,

sorteando al paso bemoles y sostenidos.

Pasaré cerca, sin molestar,

al ladito de fusas, semifusas, corcheas y tresillos.

Y descansaré cerca de los silencios,

sintiendo mi corazón latir en contrapunto al compás de tus latidos.

Sonata número 3. Brahms

•17 Octubre 2009 • Dejar un comentario

Johannes_BrahmsAño 1888. En aquel año, el compositor alemán Johaness Brahms (1833-1897) escribió su tercera sonata para violín y piano. En este vídeo escuchamos su adagio interpretado por dos genios de la interpretación: Itzhak Perlman al violín y Daniel Barenboim al piano.

Se dice que son palabras de Brahms: “Componer no es difícil, lo complicado es dejar caer bajo el escritorio las notas superfluas“. ¿Cuántas dejaría caer bajo el escritorio cuando compuso esta dulce e íntima obra? Quizás, ninguna …

Danzas Eslavas. Dvorak

•17 Octubre 2009 • Dejar un comentario

No han sido pocos los compositores que a lo largo de la historia han utilizado de forma muy especial sus obras con un marcado carácter nacionalista. Compositores inspirados por su nación, por su país, por la naturaleza del mismo o momentos de crisis. Inspirados por situaciones difíciles. Música que moviliza a la acción, a la independencia. Claros ejemplos de este tipo de composiciones los encontramos en obras maravillosas como la Finlandia de Sibelius o el Moldavia de Smetana.

FotRus1bDvorak (1841-1904), compatriota de Smetana, compondría las ocho Danzas Eslavas agrupadas en dos opus, los op. 46 y 72. Estas piezas fueron encargadas por el prestigioso editor Simrock, a quien Brahms había recomendado el trabajo de Dvorak -hecho muy particular puesto que el genio alemán no sentía mayor entusiasmo por la música de la mayoría de los jóvenes compositores-. El inmenso éxito obtenido con la primera colección (op. 46) hizo que, años después, Simrock solicitara de Dvorak la composición de un segundo álbum de Danzas Eslavas (op. 72).

La primera colección está situada en el período “eslavo” de Dvorak y se limita, poco más o menos, a danzas específicamente checas (a diferencia de la segunda colección que incluye danzas de otros países eslavos). En estas piezas Dvorak no cita literalmente las melodías tradicionales de su patria sino que más bien trata de acercarse a su esencia.

Dies Irae. Requiem. Verdi

•16 Octubre 2009 • Dejar un comentario

Dies Irae (“Día de la ira”) es un famoso himno latino del siglo XIII atribuido al franciscano Tomás de Celano (1200-1260), amigo y biógrafo de San Francisco de Asís. Suele considerarse el mejor poema escrito en latín medieval y difiere del latín clásico tanto por su acentuación (no cuantitativa) como por sus líneas en rima, siendo su metro trocaico.

El poema describe el día del juicio, con la última trompeta llamando a los muertos ante el trono divino, donde los elegidos se salvarán y los condenados serán arrojados a las llamas eternas. Este himno se usó como secuencia en la Misa de Réquiem católico-romana hasta la revisión del Misal Romano de 1970.

En casi todos los réquiem, a excepción del de Gabriel Fauré, aparece también musicada esta secuencia de la Misa de difuntos. En el vídeo, escuchamos a la Filarmónica de Berlín dirigida por Karajan e interpretando el Dies Irae del Requiem de Verdi (1813-1901), compuesto por el músico italiano en 1874 tras el éxito de la ópera Aida.

Dies iræ, dies illa,
Solvet sæclum in favilla,
Teste David cum Sibylla !
Quantus tremor est futurus,
quando judex est venturus,
cuncta stricte discussurus !
Tuba mirum spargens sonum
per sepulcra regionum,
coget omnes ante thronum.

Nocturno en do menor. Chopin

•9 Octubre 2009 • 4 comentarios

Si me preguntasen por grandes interpretaciones de pianistas, al momento sentiría que me faltan dedos en la mano para contarlas. Zimerman interpreta con absoluta elegancia, con esa barba y melena perfectamente arregladas y que siempre le han dado ese aire tan señorial. Kissin no gesticula en demasía, pero en sus gestos no es difícil leer lo que siente sentado al piano. El italiano Pollini es más frío, pero igual de maestro en la ejecución. Qué decir de Glenn Gould, el pianista de la silla desvencijada.

Sin embargo, jamás he visto unos ojos como los ojos de Valentina Igoshina. Una mirada directa a la cámara con esos ojos penetrantes. Esa mirada en el final de la interpretación del Nocturno en do menor de Federico Chopin (1810-1849). Momento en el que transmite de forma nítida, proyecta, esa fuerza y energía, el puro sentimiento que durante poco más de seis minutos se ha ido generando y transformando en su interior, presente en la interpretación como caricias y gestos sobre el teclado.

Hoy, 9 de octubre, es un día especial.

Un día en el que descubrí una mirada directa a la cámara. Unos ojos penetrantes …

La danza del sable. Khachaturian

•13 Septiembre 2009 • Dejar un comentario

Gayaneh es un ballet en cuatro actos con música de Aram Khachaturian (1903-1978). Fue compuesto en 1942 sobre un libreto de Konstantin Derzhavin y coreografiado por Nina Anisimova. La partitura fue revisada en 1952 y en 1957, con un nuevo libreto.

Fue estrenado por el Ballet Kirov en Perm, Rusia, el 9 de diciembre de 1942. Los bailarines principales fueron: Natalia Dudinskaya (Gayane), Nikolai Zubkovsky (Koren), Konstantin Sergeyev (Armen), Tatanya Vecheslova (Nune) y Boris Shavrov (Giko). El diseño de escena original corrió a cargo de Natan Altman (escena) y Tatyana Bruni (vestuario).

En 1943, Khachaturian recopiló tres suites orquestales. En la tercera incluyó una de las piezas más conocidas del compositor, y de la música clásica, la Danza del Sable.

Finlandia. Sibelius

•13 Septiembre 2009 • 2 comentarios

En 1899, la actual Finlandia se conocía por otro nombre y sobre su extensión gobernaba la Rusia Imperial. Estamos hablando del Gran Ducado de Finlandia que lograría la independencia el 6 de diciembre de 1917. En aquel año, el compositor finlandés Jean Sibelius (1865-1957) compuso Finlandia, un poema sinfónico con una duración de, aproximadamente, siete minutos.

Jean_sibeliusLa obra se desarrolla en casi toda su extensión en un ritmo y estilo turbulentos, con gran carga orquestal, simbolizando la opresión y lucha del pueblo finés, finalizando en un himno de esperanza. Esta pieza fue compuesta con motivos patrióticos, para movilizar a la oposición popular a la revocatoria de la autonomía finlandesa por el gobierno del Imperio Ruso.

Se hicieron famosos los diferentes títulos que fue recibiendo la obra para burlar la censura zarista, entre ellos Felices Sentimientos al Amanecer de la Primavera en Finlandia.

Hoy, tras casi un siglo de independencia, Finlandia sigue sin tener un himno oficial.

Sonata para trompeta. Purcell

•4 Septiembre 2009 • 1 comentario

henry_purcellHenry Purcell (1659-1695) fue un compositor británico del Barroco y está considerado como el mejor compositor inglés de todos los tiempos. Purcell incorporó elementos estilísticos franceses e italianos, generando un estilo propio inglés de música barroca. El catálogo de Henry Purcell comprende un total de 860 obras, siendo las más destacadas:

  • Indian Queen, última gran obra, elaborada el mismo año de su muerte.
  • 43 obras de música incidental para teatro.
  • 24 odas.
  • La música para el funeral de la reina María II, que consta de 17 piezas y que sería utilizada para el funeral del propio Purcell, casi once meses después.
  • 6 semióperas.
  • 62 piezas (entre estudios, suites, etc.) para teclado (principalmente clavecín y espineta).
  • 114 piezas religiosas (incluyendo himnos y servicios).

Purcell murió el 21 de noviembre de 1695. Poco después, su esposa recopiló varias de sus obras, las cuales se publicaron en dos famosos volúmenes: Orpheus Britannicus I (1698) y II (1702).

Fue enterrado en la Abadía de Westminster, debajo del órgano que tanto tiempo tocó. Su epitafio dice: «Aquí yace el honorable Henry Purcell, quien dejó esta vida y ha ido a ese único lugar bendito donde su armonía puede ser superada».