Ivan Sollertinski emparentaba el sinfonismo de Tchaikovsky y Mahler, ambos atormentados y sin miedo a atormentar, ambos planteando los malditos interrogantes de su siglo en sus sinfonías. En las raíces de ese tormento comentado por Sollertinski, a menudo se encuentran las dudas. Las dudas sobre el resultado del trabajo, sobre la excelencia de las composiciones. Estas dudas son otras constantes en la vida de muchos compositores. Sufridores, sufrientes y dudosos de la calidad de sus trabajos. Tremendamente exigentes, obsesionados con la perfección, perdidos entre las dudas encontradas en el recorrido de ese camino hacia una perfección que en sí misma, es fuente de sufrimiento.
Durante el verano de 1905, Gustav Mahler (1860-1911) concluyó la composición de su Séptima Sinfonía, llamada Canción de la Noche y comenzada el verano anterior, en su retiro de Maiernigg. Al finalizarla, comenzaron las primeras dudas. Dudas relacionadas con la coherencia de la obra. Dudas, en particular, sobre su orquestación.
Sin abandonar sus dudas, en el verano de 1908, tres años después de haber concluido su escritura, Mahler preparó su estreno en Praga y durante los ensayos realizó importantes cambios en la orquestación, motivados, sin duda, por la experiencia adquirida en la creación de la octava sinfonía que ya estaba terminada por aquellas fechas.
Finalmente, el estreno de la Séptima sinfonía, tuvo lugar en Praga, el 19 de septiembre de 1908, con Mahler dirigiendo. El público respondió con la indiferencia, lo que se tradujo, inevitablemente, en nuevas dudas, pese al aplauso y reconocimiento de Bruno Walter, Otto Klemperer y Alban Berg, allí presentes.
Entre el estreno y las subsecuentes ejecuciones de la Séptima sinfonía en Munich y Amsterdam, el compositor realizó nuevas correcciones, de nuevo con la intención de alcanzar esa perfección en la obra que no acabada de sentir.
A la noche, como símbolo, se le ha dado el mismo sentido que a la muerte, la oscuridad, lo negro. Pero también tiene sentido de estado previo, de preparación, de simiente que antecede lo que aún no es día. Y, desde antes de Freud, se la relaciona con el inconsciente, lo oculto. La Séptima de Mahler viaja de la noche hacia el día, de la niebla a la luz, con sobresaltos, intermitencias y paradojas, de las cuartas verticales, las disonancias bruscas y lo irregular a lo reglamentario, a una luz que para ser futuro es más antigua que la noche romántica, a una risa excéntrica, o lúcida, risa al fin y al cabo.
Dudas sobre la orquestación. Sin embargo, intuyo que siempre, desde un primer momento, tuvo claro que la tuba debería estar presente en los primeros compases. No olvidemos de que se trata de … La Canción de la Noche … Escuchémosla …


Sobre ella, sobre la Patética, Tchaikovsky (1840-1893) escribiría: “La quiero como no he querido nunca a ninguna de mis partituras… No exagero, toda mi alma está en esta sinfonía”. Acerca de la Trágica, Mahler diría: “es lo que sale de lo más profundo de mi alma, la más personal de todas aquellas que brotaron directamente de mi corazón”.
Año 1888. En aquel año, el compositor alemán Johaness Brahms (1833-1897) escribió su tercera sonata para violín y piano. En este vídeo escuchamos su adagio interpretado por dos genios de la interpretación: Itzhak Perlman al violín y Daniel Barenboim al piano.
Dvorak (1841-1904), compatriota de Smetana, compondría las ocho Danzas Eslavas agrupadas en dos opus, los op. 46 y 72. Estas piezas fueron encargadas por el prestigioso editor Simrock, a quien Brahms había recomendado el trabajo de Dvorak -hecho muy particular puesto que el genio alemán no sentía mayor entusiasmo por la música de la mayoría de los jóvenes compositores-. El inmenso éxito obtenido con la primera colección (op. 46) hizo que, años después, Simrock solicitara de Dvorak la composición de un segundo álbum de Danzas Eslavas (op. 72).
La obra se desarrolla en casi toda su extensión en un ritmo y estilo turbulentos, con gran carga orquestal, simbolizando la opresión y lucha del pueblo finés, finalizando en un himno de esperanza. Esta pieza fue compuesta con motivos patrióticos, para movilizar a la oposición popular a la revocatoria de la autonomía finlandesa por el gobierno del Imperio Ruso.
Henry Purcell
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