Variaciones sobre un tema rococó. Tchaikovsky

•16 diciembre 2010 • 6 comentarios

La composición musical es el arte en el que la capacidad creadora del artista se desarrolla en su máximo nivel. Y ello es así porque el compositor, el artista, no dispone de elementos previos que puedan servir de referencia en el acto de creación de su obra. El pintor y el escultor cuentan con los elementos de la naturaleza. El escritor y el poeta con la historia, la realidad, sus experiencias y la vida misma.

Sin embargo, el compositor crea a partir de una hoja en blanco, de un mundo en silencio, de una realidad silente. No pinta un paisaje existente. No esculpe la figura de un conquistador. No parte de modelos y, es de un encuentro íntimo con su mundo interior, con sus sentimientos, angustias, miedos, alegrías, anhelos y deseos, del que surgen sus obras, sus composiciones, como monumentos erigidos hasta el cielo. Como excelsas torres construidas con sonidos que alcanzan a tocar, allí arriba, casi en el infinito, los más recónditos lugares de nuestras almas, haciéndonos reaccionar unas veces con sonrisas, otras veces con lágrimas.

Aniano fue compositor, esculpiendo y cincelando sobre el mármol sin modelos. Trazando con pinceles, perfiles sin rostros que contemplar. Narrando con la pluma, historias sobre mundos inexistentes. En definitiva, fue un creador, un compositor.

Le imagino

trazando la clave de sol

sobre la segunda línea.

Escribiendo

esa pareja de números

que expresan el compás.

Indicando la tonalidad

mediante el dibujo

de bemoles y sostenidos.

Y, situando sobre esas cinco paralelas,

la primera nota

del primer compás.

Adoraba la obra de Tchaikovsky y se despidió de este mundo en un íntimo y único encuentro con su obra, escuchando su música, sus composiciones. Nadie sabe lo que oyó, nadie sabe si en ese último compás estuvieron presentes las notas de una sinfonía, de un ballet o de uno de sus conciertos. Quizás fuera la hermosa melodía de la obertura Romeo y Julieta, arrebatadora en sus compases finales, compases de un último adiós, el de los eternos enamorados. Pudiera ser que en ese lugar inaccesible, escuchase los últimos compases del adagio lamentoso con el que culmina la Sexta SinfoníaPatética”, estrenada por el propio Tchaikovsky nueve días antes de su despedida de la vida. Tal vez fue la escena de El Lago de los Cisnes en la que SigfridoOdette, los dos enamorados mueren cuando se lanzan al lago.

Composición.

Compositores.

Sufrientes individuos,

agonizantes muchas veces.

Desgarros del alma

que engendran la belleza

y conmueven las almas de quienes tocan

con los afilados estiletes

de las fusas y semifusas.

Emociones que nacen

del dolor ajeno.

Dolor necesario.

Dolor creador.

Dolor eterno.

Como eterno goce

en los sentidos

y en el ser entero.

Recuerdo como si fuera ahora mismo el rostro ciego por los ojos cerrados de Mischa Maisky sobre el escenario. A pocos metros de mí, interpretaba, arrancaba con pasión de las cuatro cuerdas de su violonchelo, las Variaciones sobre un tema rococó compuestas por Tchaikovsky entre diciembre de 1876 y marzo de 1877. Un tema principal y siete variaciones, son las Variaciones sobre un tema rococó en La mayor Opus 33.

  • Moderato assai casi Andante
  • Var. I: Tempo della Thema
  • Var. II: Tempo della Thema
  • Var. III: Andante sostenuto
  • Var. IV: Andante grazioso
  • Var. V: Allegro moderato
  • Var. VI: Andante
  • Var. VII e Coda: Allegro vivo

A pesar de que no se trata exactamente de un concierto, es la obra más próxima a un concierto para violonchelo que Tchaikovsky compuso. Las variaciones se interpretan sin pausa, excepto entre el último movimiento lento y el finale; pero incluso aquí no hay la ancha doble barra que tradicionalmente indica la separación entre movimientos, sino sólo un silencio antes de acometer el fragmento final. La dificultad de la pieza recae en esta disposición aparentemente inocente de las ocho secciones, sin los habituales largos interludis orquestales que permitirían al solista tomar aliento.

Los primeros compases de la variación número 3 (andante sostenuto) que podemos disfrutar en el vídeo (5′ 12″), bien servirían para reflejar lo que fueron los últimos compases de la vida de Aniano. Compases protagonizados por el sosiego, la calma y la paz, alejados de aquellos compases finales de la Cuarta Sinfonía que exaltan el espíritu en un clímax de sonoridad y espectacularidad sonora.

Un tema principal y siete variaciones, composición que podría ser reflejo de cualquier vida basada en un tema principal con diferentes variaciones expresadas con diferentes tempos, desde los momentos tranquilos de una vida vividos como andante sostenuto, a aquellas etapas más agitadas, alegres y divertidas, vividas como andante grazioso o allegro moderato.

De una forma nos dejó Aniano, hace tan sólo unos días, sólo de una forma. Pues presente continua en sus partituras, en las cinco líneas paralelas sobre las que dibujó, con sentido de artista y maestro, fusas y corcheas, silencios y tresillos, arpegios y calderones, legatos y staccatos. En la música se hizo inmortal, en esas composiciones escritas con sentimientos transformados en sonidos. Interpretar su música será oir su voz, sentirle presente.

Un tema y siete variaciones en palabras de su hijo, mi amigo, gran amigo mio.

Aniano Alcalde Zorzano: músico, compositor, artista, una persona noble, de gran corazón, con carácter, fiel a sus principios, consecuente con sus actos. Su principal razón de ser, siempre fue su familia y la música, y ambos le acompañaron hasta su último aliento.

El pasado 30 de noviembre, después de una dura y valiente lucha, la muerte se lo llevó, de una forma suave, tranquila, silenciosa, como una marea en retirada, susurrando…

“No imaginaba que me quisierais tanto” – ni yo papá, ni yo…

Una parte de tu inmortalidad la llevo yo conmigo, descansa tranquilo, ya nos veremos.

Concierto para violonchelo y orquesta. Dvorak

•2 noviembre 2010 • 2 comentarios

Hay amores que no se olvidan. Amores imposibles de borrar de la memoria, de los recuerdos. En su juventud, el compositor checo Anton Dvořák (1841-1904) amó a Josefina Čermáková, aunque acabaría casándose con su hermana Anna. No obstante, Anton siguió amándola, queriéndola entrañablemente.

Josefina moriría el 27 de mayo de 1895, casi un mes después de que el compositor regresara a su patria desde Estados Unidos. Su última composición allí fue el Concierto para violonchelo y orquesta en si menor opus 104. A modo de recuerdo, como homenaje o tributo a su amor de juventud, Anton insertó en el centro del segundo movimiento y al final de la obra, un tema de melancólica melodía extraído de su Lied Op.82 “Lasst mich allein in meinen Traümen gehn” que era la canción preferida de Josefina.

 

Sinfonía número 3. Mendelssohn

•31 octubre 2010 • 3 comentarios

El tapiz del cielo es blanco. No es el azul estival iluminado por el sol. Y sobre el blanco, marchas verdes y marrones, contornos imprecisos colgados de las ramas. Danzan, se mueven. Ahora se quedan quietos. En primer plano, algunos verdes. A lo lejos, agarrados y moviéndose agitados por el viento, los marrones, típicos secundarios colores del otoño cuando el verde resulta intruso. ¡Fuera verde! ¡Regresa a tu primavera!

Vuelven a moverse, marrones y verdes, verdes y marrones sobre el fijo y constante blanco del otoño prólogo del invierno. Muere octubre, cercano se siente noviembre. ¿Por qué apareciste, gris, oscureciendo el blanco del tapiz? ¿Fue porque el día se agota? ¿Para anunciar el crepúsculo? Quizás haya sido porque se muere octubre.

Así, de la misma forma, del blanco al gris, transcurre el adagio que escucho. Son los violines primeros y segundos los que introducen ese blanco. Mientras, las maderas hacen bailar a esos contornos imprecisos, aquí, verdes, más allá, marrones. Dos trompas, aportan las primeras tonalidades del gris sobre el blanco tapiz.

La escena, que podemos ver en el vídeo, corresponde al comienzo del tercer movimiento, Adagio, de la Sinfonía número 3 de Félix Mendelssohn (1809-1847). Sus primeros compases fueron escritos por Mendelssohn en su primer viaje a Gran Bretaña, en el mes de agosto de 1829. Casi trece años más tarde, el 20 de enero de 1842, la obra fue terminada y dirigida por el propio compositor en su estreno el 3 de marzo de 1842 con la Orquesta de Gewandhaus de Leipzig.

En aquel 1829, el joven compositor decide viajar, salir de su Berlín, conocer mundo y que el mundo conozca su talento. Y así, inicia en el mes de abril la primera de las nueve visitas que haría a las Islas Británicas. Comenzó su viaje en Londres, gozando de la hospitalidad de su amigo Carl Klingermann. En la capital británica fue interpretada y bien recibida su música. Tanto fue así que una interpretación de su Sinfonía número 1 le convirtió en el favorito del público británico y, de ahí en adelante, consideró a Inglaterra su segundo hogar.

En el verano de aquel año, el compositor y Klingermann se fueron de vacaciones a Escocia. Primero fueron a Edimburgo, donde visitaron las ruinas de la capilla en la que había sido coronada María Estuardo. Allí, al joven compositor se le ocurrió la idea de grabar sus impresiones sobre Escocia en una sinfonía. Escribió los primeros 16 compases de la introducción, que contiene el material melódico principal del movimiento de apertura. Por ello, la Sinfonía número 3 es también conocida como Sinfonía Escocesa.

Sin embargo, muy poco, por no decir nada, de elementos musicales nacionales de Escocia se pueden encontrar en esta obra, pues con la misma intensidad que al compositor le impactó Escocia y sus paisajes, deploraba la música con tintes nacionalistas. Como muestra de las nulas referencias a elementos del folclore escocés, la anécdota que se cuenta en relación a la valoración que hizo el compositor Robert Schumann, quien tras escuchar una interpretación de esta sinfonía y, creyendo que era la Sinfonía Italiana en lugar de la Sinfonía Escocesa, alabó la magnífica imaginería italiana y dijo de la obra que era “tan bella como para compensar a un oyente que nunca hubiera estado en Italia“.

Polonesa Heroica. Chopin

•29 octubre 2010 • 3 comentarios

No pocas veces, la música ha sido instrumento de enaltecimiento del espíritu nacional de un pueblo. Ahí tenemos la obra Finlandia de Jean Sibelius y a Mikhail Glinka, considerado como el fundador de la escuela nacional rusa.

En 1815, después de la derrota de Napoleón en la batalla de Waterloo, Rusia, Prusia y Austria concertan la Santa Alianza, que tiene como fin el mantenimiento del equilibrio en Europa. A consecuencia de las resoluciones del Congreso de Viena se establece el Reino de Polonia, dependiente de Rusia, con su propia constitución, concedida por el zar Alejandro I.

Años más tarde, en 1830, el pueblo polaco intentaría conseguir su independencia mediante la Insurrección de Noviembre. Sin embargo, la insurrección fue sofocada en septiembre de 1831. En ese momento, Chopin decide abandonar el país. Viviendo ya en París, en 1842, Chopin compondría la Polonesa Opus 53 en la bemol mayor, también conocida como Polonesa Heroica.

En realidad, la obra tiene muy poco que ver con lo que es una polonesa, pues aunque tiene dos secciones con un ritmo que sí es característico de las polonesas, la mayoría de la obra no tiene características de ese tipo de composición musical. Por ese motivo, se ha dicho que Chopin la compuso con una Polonia libre y poderosa en mente, lo que podría haberle llevado a calificarla de “polonesa”. Disfrutemos de la interpretación de Valentina Igoshina que, aunque sea “rusa”, se rinde a la obra del polaco en cada una de sus interpretaciones.

El comienzo de la obra es rotundo, vibrando en sus primeros compases un instinto de liberación, de rebelión, de esa insurrección de noviembre. A continuación, se escuchan los compases más famosos de la obra, por los cuales ésta es mundialmente conocida. En ellos, pareciera que Chopin describiese esa Polonia libre, ese pueblo que clama su libertad, ese espíritu que desea respirar sin opresiones.

Cruzado el ecuador de la composición, aparecen unos compases con la firma inconfundible del romanticismo de Chopin. Es cuando Valentina eleva sus ojos al cielo, como queriendo encontrarse, conectar con ese infinito inabarcable, fuente de inspiración. Compases interpretados con la mirada alejada de las manos, respondiendo sólo éstas al sentimiento presente en lo más profundo de Valentina.

Se dejan caer las corcheas por el teclado como lágrimas derramadas por la nostalgia de la patria perdida. Son los instantes más íntimos, de mayor lirismo donde se expresa con vehemencia el sentir y dolor del compositor, del polaco, del hombre, del exiliado.

Y desde el más profundo sentimiento, surge de nuevo con fuerza, con brío, la energía del tema principal que dibuja a la Polonia que lucha por su independencia.

 

El Lago de los Cisnes. Tchaikovsky

•25 octubre 2010 • 12 comentarios

Mucho hace que no escribo. Ahora dedico más tiempo a leer que a escribir. Y en ese tiempo dedicado ahora a la lectura, me estoy acercando a un momento y un lugar muy lejano. El lugar es frío. Allí gobierna un zar. El momento también es lejano en el tiempo, en el siglo XIX.

Tchaikovsky necesitaba dinero.

Eso le comunicó mediante carta a su amigo Nikolai Rimsky-Korsakov. El músico necesitaba dinero y, además, “hacía tiempo que deseaba tratar de componer música de ese tipo”.

Y así, en parte por necesidad y en parte por gusto, como casi todo lo que se hace en esta vida, Tchaikovsky aceptó componer su primer ballet, una obra denominada El Lago de los Cisnes, encargada por la Ópera de Moscú y estrenada el 4 de marzo de 1877 en el Teatro Bolshoi de Moscú, con libreto de Vladimir Beghitchev y Vasili Geletzer.

En aquel mismo año, Lev Tolstoi publicaría su gran obra Anna Karénina y unos meses antes de su publicación, durante un viaje que hizo a Moscú en el mes de diciembre de 1876 con la finalidad de entregar los últimos capítulos de la obra, Tolstoi tuvo su primer encuentro con Tchaikovsky. El músico acabaría siendo un fervosoro admirador y seguidor de la pluma rusa, y así, en el mes de julio de 1886, Tchaikovsky escribiría en su diario: “Pareciera que este fabuloso estudioso de la naturaleza humana fuese capaz con una sóla mirada de penetrar en cada rincón de mi alma“.

La obra de Tolstoi me acompaña desde hace días por las noches, ocupando un espacio en mi mesilla de noche. Leyendo la obra de Tolstoi, me resulta fácil imaginar aquellos escenarios de la corte imperial rusa, aquellas recepciones y bailes en los que se acordaban matrimonios, en los que las damas concedían mazurcas y los invitados eran anunciados por la voz de un mayordomo. Aquellos salones donde con respeto, se cortejaba y con las miradas se confesaba el amor, ruborizándose los rostros y estando siempre presente el pudor.

Vronski se acercó a Kiti y le recordó que tenía comprometida con él la primera contradanza, y le expresó su pesar porque hacía algún tiempo que no había tenido ocasión de conversar con ella. Kiti, contemplando con admiración a Anna, que bailaba el vals, escuchaba lo que decía Vronski, esperando que éste la sacase a bailar, y, como no la invitaba, le miró sorprendida.” Anna Karénina. Lev Tolstoi

El estreno estuvo lejos de ser un éxito y provocó en el compositor un rechazo por este tipo de música. No escribiría más música para ballet hasta que en 1890, decidió componer La Bella Durmiente.  Dos años después del fallecimiento de Tchaikovsky, el 15 de enero de 1895 y con la nueva coreografía de Marius Petipa y de Lev Ivanov, la obra logró un gran éxito en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo.

La obra, musicalmente hablando, se encuentra estructurada en nueve movimientos: introducción, danza de los pequeños cisnes, vals, danza húngara, danza española, pas de deux, allegro assai, andante y finale.

Acto primero

En uno de los jardines de su castillo, el príncipe Sigfrido celebra, junto con sus amigos, su cumpleaños. La reina llega a la fiesta para recordarle a su hijo que debería escoger una esposa y que, con ese propósito, le ha preparado una fiesta al día siguiente. En la fiesta estarán invitadas jóvenes muchachas y el príncipe deberá elegir a una de ellas. Esto causa una gran melancolía en Sigfrido y sus amigos deciden invitarlo a ir de caza.

Acto segundo

En el bosque cerca del lago comienzan a salir de las aguas unos cisnes que se van convirtiendo en hermosas jóvenes. Sigfrido llega al lago y apunta con su ballesta hacia las jóvenes-cisnes cuando aparece su reina Odette. Ella le cuenta que fue transformada en cisne junto con sus compañeras por el malvado mago Rothbart, que vuelven a su forma humana solamente en la noche y que el hechizo solo puede romperlo quien le jure amor eterno. Los jóvenes se enamoran rápidamente. Cuando Sigfrido va a jurarle amor eterno a Odette aparece Rothbart, quien hace que las jóvenes vuelvan a convertirse en cisnes, para evitar que el príncipe rompa el hechizo. Antes de que se marche OdetteSigfrido le pide que asista al baile que se realizará en el castillo la noche siguiente. Odette se aleja convertida en cisne.

Acto tercero

Se celebra la fiesta en el castillo donde Sigfrido deberá elegir esposa. Entra la reina junto a Sigfrido y el maestro de ceremonias da comienzo al festejo. Se presentan las jóvenes casaderas y la reina le pide a Sigfrido que elija esposa. Él piensa en Odette, se niega a escoger esposa y su madre se enfada con él. En ese momento el maestro de ceremonias anuncia la llegada de un noble desconocido y su hija. Es el barón Rothbart que llega a la fiesta con su hija Odile. El príncipe, hechizado por el mago, cree ver a Odette en Odile. Él la escoge como su esposa, la reina acepta y Sigfrido le jura a Odile amor eterno. Rothbart se descubre y muestra a Odette a lo lejos. Sigfrido se da cuenta de su terrible error y corre desesperado hacia el lago.

Acto cuarto

A las orillas del lago las jóvenes-cisne esperan tristemente la llegada de Odette. Ella llega llorando desesperada, contándole a sus amigas los tristes acontecimientos de la fiesta en el castillo. Aparece Sigfrido y le implora su perdón. Reaparece Rothbart reclamando el regreso de los cisnes. Sigfrido Odette luchan contra él, pero todo es en vano, pues el maleficio no puede ser deshecho. Los dos enamorados se lanzan al lago. Rothbart muere a consecuencia de ese sacrificio de amor y los otros cisnes son liberados del maleficio. Se ve aparecer sobre el lago los espíritus de Odette Sigfrido, ya juntos para siempre.

Concierto para Oboe y Violín. Bach

•6 julio 2010 • 3 comentarios

Juan Arturo es un joven que se hace sus propias cañas y no me resulta difícil imaginarle disponiendo las palas de caña, preocupado por el sonido que fluirá cuando sople a través de ellas. Efectivamente, no son cañas de pescar las que construye Juan Arturo, sino las del oboe con el que quiere triunfar y con el que se encuentra a diario.

Es competitivo. Quiere destacar y según dice, cuando sube al escenario, se crece. Se “pica” con un compañero de estudios que por mucho le dobla la edad. Y cuenta con orgullo cómo le superó en la calificación de una asignatura.

Estudia oboe porque le gustó cuando se lo presentaron. Así de sencillo, pareciendo que estuviéramos hablando de un amor a primera vista o, mejor dicho, a “primer oído”. Y su amor por el oboe casi se transforma en desprecio cuando se le habla de otra madera, de la flauta travesera que, aunque le encanta a su tía Ángela, él juzga como muy simple porque suena a viento, sin mostrar la riqueza, la peculiaridad del sonido del oboe que se emite mediante la vibración de una lengüeta doble que hace de conducto para el soplo de aire, de esa caña que Juan Arturo con afán y dedicación construye.

Ahora, Juan Arturo está encantado con un nuevo compañero de su oboe, otro miembro de la familia de las maderas llamado corno inglés y cuya extrema longitud le obliga a tener que tocar de pie. Cuando hace un par de días me lo comentó, compartí con él la devoción que profeso a una obra donde el corno inglés se transforma en cisne bajo la pluma compositora de Jean Sibelius. Claro que sí, me refiero a El Cisne de Tuonela.

No le gusta lo contemporáneo en lo que a música se refiere. Prefiere el barroco y esas fabulosas composiciones de Bach y Mozart. Triunfará Juan Arturo. Seguro que sí porque le apasiona el oboe. Y porque eso es lo que quiere y con lo que sueña, con el éxito junto a su oboe. Para ello trabaja muy duro todos los días y con orgullo dice que es la profesión en la que más se estudia porque él dedicará catorce años de su vida a los conservatorios. Y lo dice con rotundidad, seguro de sí mismo, mientras su madre manifiesta su desacuerdo diciéndole que son los médicos los que más estudian hasta poder ejercer su profesión.

Sé que algún día, ilusionado compraré una entrada para poder escuchar en directo el Concierto para Oboe y Violín en do menor BWV 1060 de Johann Sebastian Bach (1685-1750). Ese día será especial porque al término del concierto, sé que conseguiré un autógrafo del oboista. Será Juan Arturo quien estampe su rúbrica sobre la entrada. Y entonces, con orgullo, podré decir: “nunca olvidaré un día en Pamplona en el que tuve la suerte de conocer a Juan Arturo

El Mesías. Händel

•1 mayo 2010 • 1 Comentario

Hubo un tiempo en el que las obras de los compositores eran escritas pensando en agradar a los nobles y mecenas. Y hubo un compositor que por primera vez dejó de pensar en ellos cuando compuso.

Dejó de pensar en ellos y empezó a pensar en satisfacer los gustos y necesidades del público general. De personas como tú y como yo. Ese compositor nació en Alemania en 1685 y falleció en Londres, nacionalizado inglés, en 1759. Su nombre: Georg Friedrich Händel (1685-1759).

En tan sólo 23 largos días en los que la comida y las horas de sueño fueron muy escasas, Händel compuso un oratorio llamado El Mesías. Cuando terminó el coro del Aleluya, dijo a su asistente:  “Creo que he visto el cielo delante de mí, y también a Dios”. El estreno de este oratorio, que se llevó acabo el 13 de abril de 1742 en Dublín, estuvo dedicado a obras de caridad y tuvo un éxito rotundo.

Aunque Händel era profundamente religioso, su decisión de escribir El Mesías y concentrarse en los oratorios no tiene mucho que ver con su religiosidad y sí con el hecho de que la ópera ya no estaba de moda. Sin embargo, veía al oratorio como una forma de ópera que captaba el espíritu de la época, con historias musicalizadas de las Sagradas Escrituras, interpretadas por cantantes, coros y orquesta, y con otra ventaja muy práctica: podía representarse durante la Cuaresma, época en que los demás teatros se veían obligados cerrar.

Diecisiete años después del estreno de la obra, en 1759 y durante una de sus múltiples representaciones, Händel se desmayó y nunca se recobró. Ninguno de sus dos últimos deseos fueron cumplidos. Deseó morir un Viernes Santo y a punto estuvo de cumplirse, pues falleció el 14 de abril de 1759, Sábado Santo. Deseó ser enterrado de forma privada y fue sepultado en la Abadía de Westminster, acompañado de más de tres mil seguidores de su ya eterna obra.

Su inmenso legado musical, síntesis de los estilos alemán, italiano, francés e inglés de la primera mitad del siglo XVIII, incluye obras en prácticamente todos los géneros de su época, donde 43 óperas, 26 oratorios y un legado coral son lo más sobresaliente e importante de su producción musical.

 
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